TERAPIA EN DOS ACTOS (JOSERNESTO SOTO)
TERAPIA EN DOS ACTOS 

(Josernesto Soto)

132 p.|15x21| ISBN 978-987-4481-10-8

…………………………………………………………………………………………………

CONTRATAPA:
De seguro Freud quiere levantarse de su tumba

y psicoanalizarte.

…………………………………………………………………………………………………

SOBRE EL AUTOR:

 

Josernesto Soto (1983) nació en Venezuela, y vive en Argentina 

desde 2016. Es redactor creativo y crea contenidos digitales

para marcas. También escribe.

…………………………………………………………………………………………………

CUENTO RANDOM:

Látex Negro


—Sal de mi cama, puta de mierda.
Camelia no podía creer que alguna vez le hablaría así a su
hermana. Pero tampoco podía creer lo que veía. Camila, su

gemela, estaba desnuda y sentada sobre Fausto, quien per-
manecía inmóvil y desorbitado, atado de pies y manos en

aquel lecho sagrado donde habían creado tantos momentos

memorables en 25 años de matrimonio. Camila intentó ha-
blar, pero la mirada de Camelia fue fulminante, así que salió

cubriéndose con la sábana, lo cual dejó aún más a la vista
el traje de látex negro que tenía su marido, que lo cubría de
pies a cabeza, con orificios únicamente en los ojos, nariz,
boca y miembro. Aquel cuadro absurdo de su Fausto vestido
de tan peculiar forma, atado a la cama y con una erección

en descenso le parecía tan incomprensible que se sintió ma-
reada, y el hecho de que el hombre no hubiese dicho ni una

palabra desde que los sorprendió, ni siquiera el clásico “esto
no es lo que parece”, la descolocaba más todavía.

Cuando escuchó la puerta principal cerrarse, confirma-
ción de que Camila se había ido, pudo articular una segun-
da frase, pero esta vez fue un tono triste el que salió de su

boca:
—Nunca me dijiste que te gustaban...este tipo de cosas
—Se debatía entre sentirse asqueada por ver el pene ahora

flácido de su Fausto rodeado de látex negro, o sentirse heri-
da porque su compañero de vida nunca compartió con ella
aquellos deseos clandestinos y decidió hacerlo en cambio
con su hermana. Fausto buscaba inútilmente desatar alguna

de sus extremidades y lucir menos patético, hasta que asu-
mió que era imposible.

—Desátame y hablamos, por favor — dijo, tratando de
sonar sereno ante tan humillante situación. Camelia tuvo
que desatarlo, no podía seguir viendo tal espectáculo, sobre

todo porque el hecho de que su esposo estuviese completa-
mente cubierto de látex, hacía que las pocas zonas de piel

expuestas llamaran toda la atención, especialmente aquella,
sobre la cual no tenía ningún interés en ese momento.
Empezó entonces a desatarlo.
—Un hombre hecho y derecho, con una familia, con 2
hijos, un trabajo envidiable ¡con 3 infartos! Haciendo este
tipo de maromas tan cochinas— Camelia ya había adoptado

aquel tono de madre regañona que tanto molestaba a Faus-
to, tornando su ya de por sí aguda voz en un chirrido casi

inentendible. Cuando le desató las manos, éste la cortó con
un “Yo termino” y procedió a desatar sus pies, alejándola
indirectamente de la cama.
—¿Y encima te vas a molestar? —dijo Camelia, incrédula
—¡Si te vieras a ti mismo en este momento, lo ridículo que
te ves! ¡Y con mi propia hermana! Ya me encargaré de ella,
pero por lo pronto quiero que recojas tus cosas y te largues
¡Amoral! ¡Sádico!
—¿Te parece que soy un sádico entonces? —respondió
Fausto, finalmente incorporado en el piso, pero aún con el

extravagante disfraz —Y todavía te preguntas por qué nun-
ca te dije que me gustaban estas cosas. Tú eres la mujer de

mi vida, sí, pero también eres la más prejuiciosa que exis-
te, ¡deberías aprender de tu hermana! Es increíble que sean

tan iguales, pero a la vez tan distintas. Y en caso de que te
preguntes por qué con ella, la explicación es muy sencilla

¡Porque a pesar de todo te amo demasiado! Y no podría es-
tar con alguien distinto a ti, así que si iba a hacer algo como

esto, lo mínimo era que lo hiciera con la única persona que
luce como tú.

Camelia se sintió mareada de nuevo, aquello era dema-
siado para digerir. ¿Tenía que agradecerle a Fausto por ha-
berse liado con su hermana en lugar de buscarse cualquier

mujercita? ¿Estaba demostrándole cuánto la amaba al saciar

sus bajos instintos con la persona más similar a ella? ¿Aca-
so estuvo con su hermana Camila pensando que estaba con

ella? ¿Era entonces una verdadera traición?, se hacía tantas
preguntas que optó por la reacción que le pareció más lógica
y le pidió que se fuera de nuevo.

—¡Eres un cínico! ¿Quieres que te aplauda por lo que hi-
ciste?

—Piénsalo bien antes de actuar impulsivamente, ¡es como
si lo hubiese hecho contigo! ¿Ustedes las gemelas no sienten
esas cosas?
Los argumentos de Fausto ya estaban en el territorio de lo
rebuscado, pero Camelia parecía tratar de encontrar enten-
dimiento entre sus enredadas excusas y el caos que habitaba
su mente. Todo eso se disipó cuando Fausto, desesperado, se
le acercó con la intención de sujetar sus brazos, pero ella lo

único que vio fue su pene balanceándose hacia ella, rodea-
do de aquella mole negra que ahora brillaba más que antes.

Sintió repulsión de nuevo.
—¡No me toques! Y vete ya, no quiero verte, y menos así.

Lo empujó hacia afuera de la habitación, y al ver que Faus-
to cedía por condescendencia ante su fuerza, que era mucho

menor, siguió empujándolo hasta sacarlo por completo de la
casa, cerrando la puerta tras él.
Al segundo de haber salido, Fausto comenzó a tocar la
puerta.

—Camelia, déjame entrar, sé razonable, no me puedes de-
jar aquí así, ¡los vecinos me van a ver! —Camelia no pudo

evitar sonreírse al pensar en la señora Vasconcelos viendo al
respetable Fausto Gorrín, cubierto en látex, exhibiendo su
miembro, y tratando de entrar a su propia casa.

—¡Camelia, por favor! —exclamó Fausto desesperada-
mente, en un grito que sonó algo ahogado al final, para lue-
go quedarse en silencio absoluto. “¿Qué pasó?”, pensó Ca-
melia, extrañada del repentino silencio de su marido, y en

ese instante cayó en cuenta: las llaves de emergencia debajo

del matero del jardín. Seguramente Fausto ya lo había recor-
dado también y las estaba buscando. Camelia se decepcio-
nó, al pensar que el castigo le había durado muy poco a su
marido, quien estaba ya próximo a entrar, por lo que tendría
que lidiar con aquella situación nuevamente.

Sí, era cierto que era una prejuiciosa, que en 25 años nun-
ca había hecho otra posición que no fuese el misionero,

pero aquello no le podía dar pie a Fausto para que hiciera
semejante cosa ¡y con su hermana! Ese segundo puñal le
dolía mucho más, porque si bien desde hace varios años no
se llevaba bien con Camila, jamás pensó que su hermana
la traicionaría de aquella forma. El sonido de la llave en la
puerta la sacó de sus cavilaciones, y se preparó para bregar
nuevamente con aquella estampa surreal de su esposo de
látex pidiendo perdón. Pero el movimiento de la llave en
la cerradura le transmitía desesperación, Fausto no estaba
abriendo la puerta mecánicamente, sino con una euforia
descontrolada que Camelia no lograba interpretar. “¿Será
que lo está viendo un vecino? ¿Que no encuentra la llave?”,
por un momento pensó en abrirle la puerta, pero el miedo
de quedar como una débil se lo impidió.
El forcejeo de la llave se acabó abruptamente y escuchó de

nuevo la voz de Fausto, esta vez más ahogada que antes “Ca-
melia, por favor”, seguida de un golpe seco contra la puerta.

Camelia estaba muy confundida, no se permitía a sí misma
dejar entrar a quien acababa de botar, pero a la vez sabía
que algo atípico había ocurrido. Un grito de mujer la hizo

reaccionar, corrió a la puerta y la abrió con mano trému-
la, para enfrentar lo que su subconsciente ya se temía. Una

masa de látex negro inerte cayó sobre sus pies y al levantar
la mirada vio en la acera a la señora Vasconcelos tapándose
la boca con el pánico en los ojos. Fausto encontró, en efecto,
las llaves de emergencia, pero probablemente ya habría es-
tado agonizando cuando lo hizo.
El entierro fue un sábado. “¿Debí haber abierto la puerta
antes? ¿Debí reaccionar de otra forma sabiendo que Fausto
estaba delicado del corazón? ¿Perdí al amor de mi vida por

prejuiciosa?” Fueron muchas las preguntas que se hizo Ca-
melia ese día. El lunes siguiente, se compró la versión más

reciente del Kamasutra.

TERAPIA EN DOS ACTOS (JOSERNESTO SOTO)
$250,00
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(Josernesto Soto)

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…………………………………………………………………………………………………

CONTRATAPA:
De seguro Freud quiere levantarse de su tumba

y psicoanalizarte.

…………………………………………………………………………………………………

SOBRE EL AUTOR:

 

Josernesto Soto (1983) nació en Venezuela, y vive en Argentina 

desde 2016. Es redactor creativo y crea contenidos digitales

para marcas. También escribe.

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CUENTO RANDOM:

Látex Negro


—Sal de mi cama, puta de mierda.
Camelia no podía creer que alguna vez le hablaría así a su
hermana. Pero tampoco podía creer lo que veía. Camila, su

gemela, estaba desnuda y sentada sobre Fausto, quien per-
manecía inmóvil y desorbitado, atado de pies y manos en

aquel lecho sagrado donde habían creado tantos momentos

memorables en 25 años de matrimonio. Camila intentó ha-
blar, pero la mirada de Camelia fue fulminante, así que salió

cubriéndose con la sábana, lo cual dejó aún más a la vista
el traje de látex negro que tenía su marido, que lo cubría de
pies a cabeza, con orificios únicamente en los ojos, nariz,
boca y miembro. Aquel cuadro absurdo de su Fausto vestido
de tan peculiar forma, atado a la cama y con una erección

en descenso le parecía tan incomprensible que se sintió ma-
reada, y el hecho de que el hombre no hubiese dicho ni una

palabra desde que los sorprendió, ni siquiera el clásico “esto
no es lo que parece”, la descolocaba más todavía.

Cuando escuchó la puerta principal cerrarse, confirma-
ción de que Camila se había ido, pudo articular una segun-
da frase, pero esta vez fue un tono triste el que salió de su

boca:
—Nunca me dijiste que te gustaban...este tipo de cosas
—Se debatía entre sentirse asqueada por ver el pene ahora

flácido de su Fausto rodeado de látex negro, o sentirse heri-
da porque su compañero de vida nunca compartió con ella
aquellos deseos clandestinos y decidió hacerlo en cambio
con su hermana. Fausto buscaba inútilmente desatar alguna

de sus extremidades y lucir menos patético, hasta que asu-
mió que era imposible.

—Desátame y hablamos, por favor — dijo, tratando de
sonar sereno ante tan humillante situación. Camelia tuvo
que desatarlo, no podía seguir viendo tal espectáculo, sobre

todo porque el hecho de que su esposo estuviese completa-
mente cubierto de látex, hacía que las pocas zonas de piel

expuestas llamaran toda la atención, especialmente aquella,
sobre la cual no tenía ningún interés en ese momento.
Empezó entonces a desatarlo.
—Un hombre hecho y derecho, con una familia, con 2
hijos, un trabajo envidiable ¡con 3 infartos! Haciendo este
tipo de maromas tan cochinas— Camelia ya había adoptado

aquel tono de madre regañona que tanto molestaba a Faus-
to, tornando su ya de por sí aguda voz en un chirrido casi

inentendible. Cuando le desató las manos, éste la cortó con
un “Yo termino” y procedió a desatar sus pies, alejándola
indirectamente de la cama.
—¿Y encima te vas a molestar? —dijo Camelia, incrédula
—¡Si te vieras a ti mismo en este momento, lo ridículo que
te ves! ¡Y con mi propia hermana! Ya me encargaré de ella,
pero por lo pronto quiero que recojas tus cosas y te largues
¡Amoral! ¡Sádico!
—¿Te parece que soy un sádico entonces? —respondió
Fausto, finalmente incorporado en el piso, pero aún con el

extravagante disfraz —Y todavía te preguntas por qué nun-
ca te dije que me gustaban estas cosas. Tú eres la mujer de

mi vida, sí, pero también eres la más prejuiciosa que exis-
te, ¡deberías aprender de tu hermana! Es increíble que sean

tan iguales, pero a la vez tan distintas. Y en caso de que te
preguntes por qué con ella, la explicación es muy sencilla

¡Porque a pesar de todo te amo demasiado! Y no podría es-
tar con alguien distinto a ti, así que si iba a hacer algo como

esto, lo mínimo era que lo hiciera con la única persona que
luce como tú.

Camelia se sintió mareada de nuevo, aquello era dema-
siado para digerir. ¿Tenía que agradecerle a Fausto por ha-
berse liado con su hermana en lugar de buscarse cualquier

mujercita? ¿Estaba demostrándole cuánto la amaba al saciar

sus bajos instintos con la persona más similar a ella? ¿Aca-
so estuvo con su hermana Camila pensando que estaba con

ella? ¿Era entonces una verdadera traición?, se hacía tantas
preguntas que optó por la reacción que le pareció más lógica
y le pidió que se fuera de nuevo.

—¡Eres un cínico! ¿Quieres que te aplauda por lo que hi-
ciste?

—Piénsalo bien antes de actuar impulsivamente, ¡es como
si lo hubiese hecho contigo! ¿Ustedes las gemelas no sienten
esas cosas?
Los argumentos de Fausto ya estaban en el territorio de lo
rebuscado, pero Camelia parecía tratar de encontrar enten-
dimiento entre sus enredadas excusas y el caos que habitaba
su mente. Todo eso se disipó cuando Fausto, desesperado, se
le acercó con la intención de sujetar sus brazos, pero ella lo

único que vio fue su pene balanceándose hacia ella, rodea-
do de aquella mole negra que ahora brillaba más que antes.

Sintió repulsión de nuevo.
—¡No me toques! Y vete ya, no quiero verte, y menos así.

Lo empujó hacia afuera de la habitación, y al ver que Faus-
to cedía por condescendencia ante su fuerza, que era mucho

menor, siguió empujándolo hasta sacarlo por completo de la
casa, cerrando la puerta tras él.
Al segundo de haber salido, Fausto comenzó a tocar la
puerta.

—Camelia, déjame entrar, sé razonable, no me puedes de-
jar aquí así, ¡los vecinos me van a ver! —Camelia no pudo

evitar sonreírse al pensar en la señora Vasconcelos viendo al
respetable Fausto Gorrín, cubierto en látex, exhibiendo su
miembro, y tratando de entrar a su propia casa.

—¡Camelia, por favor! —exclamó Fausto desesperada-
mente, en un grito que sonó algo ahogado al final, para lue-
go quedarse en silencio absoluto. “¿Qué pasó?”, pensó Ca-
melia, extrañada del repentino silencio de su marido, y en

ese instante cayó en cuenta: las llaves de emergencia debajo

del matero del jardín. Seguramente Fausto ya lo había recor-
dado también y las estaba buscando. Camelia se decepcio-
nó, al pensar que el castigo le había durado muy poco a su
marido, quien estaba ya próximo a entrar, por lo que tendría
que lidiar con aquella situación nuevamente.

Sí, era cierto que era una prejuiciosa, que en 25 años nun-
ca había hecho otra posición que no fuese el misionero,

pero aquello no le podía dar pie a Fausto para que hiciera
semejante cosa ¡y con su hermana! Ese segundo puñal le
dolía mucho más, porque si bien desde hace varios años no
se llevaba bien con Camila, jamás pensó que su hermana
la traicionaría de aquella forma. El sonido de la llave en la
puerta la sacó de sus cavilaciones, y se preparó para bregar
nuevamente con aquella estampa surreal de su esposo de
látex pidiendo perdón. Pero el movimiento de la llave en
la cerradura le transmitía desesperación, Fausto no estaba
abriendo la puerta mecánicamente, sino con una euforia
descontrolada que Camelia no lograba interpretar. “¿Será
que lo está viendo un vecino? ¿Que no encuentra la llave?”,
por un momento pensó en abrirle la puerta, pero el miedo
de quedar como una débil se lo impidió.
El forcejeo de la llave se acabó abruptamente y escuchó de

nuevo la voz de Fausto, esta vez más ahogada que antes “Ca-
melia, por favor”, seguida de un golpe seco contra la puerta.

Camelia estaba muy confundida, no se permitía a sí misma
dejar entrar a quien acababa de botar, pero a la vez sabía
que algo atípico había ocurrido. Un grito de mujer la hizo

reaccionar, corrió a la puerta y la abrió con mano trému-
la, para enfrentar lo que su subconsciente ya se temía. Una

masa de látex negro inerte cayó sobre sus pies y al levantar
la mirada vio en la acera a la señora Vasconcelos tapándose
la boca con el pánico en los ojos. Fausto encontró, en efecto,
las llaves de emergencia, pero probablemente ya habría es-
tado agonizando cuando lo hizo.
El entierro fue un sábado. “¿Debí haber abierto la puerta
antes? ¿Debí reaccionar de otra forma sabiendo que Fausto
estaba delicado del corazón? ¿Perdí al amor de mi vida por

prejuiciosa?” Fueron muchas las preguntas que se hizo Ca-
melia ese día. El lunes siguiente, se compró la versión más

reciente del Kamasutra.